Opinión

El voto razonado, los protagonistas

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El Nobel de Economía (2017) Richard Thaler asegura que estamos lejos de ser consumidores racionales. En lugar del homo economicus, postula la tesis del homero economicus. El ilustre economista asegura que las personas consumen al modo de Homero, el personaje de Los Simpson. En cierto modo, esta tesis significa la defenestración de Friedman del Edén de la ciencia económica.

La idea del consumidor que elige racionalmente parte de una premisa imposible: las personas conocen todos los productos que pueden satisfacer sus necesidades. Una persona, se supone, es una biblioteca ambulante, llena de libros electrónicos, navegante de un mar de tinta electrónica (como genialmente la denomina Krugman) y con capacidad de movilización cercana a la ubicuidad.

La realidad nos muestra que no es así y que las personas consumen impulsados, sí por información, pero también por sensaciones. Una sensación se traduce en la necesidad de integrarse a una comunidad. Por lo anterior, desde hace bastante tiempo se habla del “efecto demostración”, que lleva a consumir bienes o servicios para lograr la aceptación de su entorno. Ese efecto demostración es un enemigo acérrimo de la racionalidad en el consumo, de la elección racional.

En un clima de autocracia electiva, el elector es concebido al modo de Ambrose Bierce: persona que vota por el hombre que ha elegido otro hombre. La racionalidad del elector se relaciona directamente con la racionalidad de quienes imponen a los candidatos a cargos de “elección popular”.

El efecto demostración es una variable de naturaleza subjetiva. Ese mismo componente actúa en la escena comicial, en la que el elector debe decidir entre unas cuantas propuestas. Propuestas que se reducen hasta el simplismo. Dicho de otro modo, frente al elector no se colocan plataformas, ni proyectos de desarrollo y menos propuestas de nación: se colocan unas cuantas frases que nada dicen. Puede ser que en algunos casos los discursos lleven un alto contenido ideológico, de propuestas, pero que el elector coteja con su realidad.

La persona que escucha diatribas contra el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, sencillamente suele molestarse y reaccionar en favor del mandatario federal. No importan los argumentos, no importan los razonamientos: la persona se posiciona en favor de una figura, la del Presidente. ¿Por qué?

Una persona que ha vivido los años recientes, digamos, los años suficientes para tener su credencial de elector, de inmediato intentaría comparar “el mal gobierno” de López Obrador, con los gobiernos anteriores, panistas y priistas. Tanto unos como otros, panistas y priistas, han optado por la marginación del resto del mundo. Las personas no han logrado tener las oportunidades que deberían ser una garantía en un Estado democrático constitucional de derecho.

Cuando se lanzan las más duras diatribas contra el gobierno federal en turno, lo que evidentemente se defiende es un pasado que ha sido injusto para la mayoría. Las personas no necesitan hacer demasiado razonamiento para tomar decisiones. Las personas solamente necesitan comparar y para hacerlo basta con hurgar en los recuerdos recientes.

Las personas viven una realidad injusta. Esa injusta realidad no viene de 2018, del día en el que López Obrador asumió el cargo de Presidente de México. Las personas no tenían medicamentos “gratuitos”, no tenían acceso a servicios públicos de salud, carecían de casa y carecían ya desde entonces, de vestido y sustento.

¿Qué es lo que le pueden ofrecer los que ya estuvieron en el gobierno, a quienes carecen hasta de lo estrictamente necesario?

Quizá López Obrador no ofrezca soluciones, pero sí ofrece la venganza, el linchamiento de los arrogantes que se han declarado (sin serlo) dueños de la verdad.

Cuando se alude a las instituciones y su defensa a ultranza se manifiesta de manera furiosa, realmente poco es lo que la gente puede sentir a su favor. Sentir, no pensar a favor de las “instituciones”. Esas instituciones han ido a parar a manos de intereses personales; la pasión desenfrenada es la que habla cuando se defienden instituciones que muy poco le han dado a millones de personas.

¿Una persona de qué manera puede razonar su voto? ¿Qué es lo que le proponen los “enemigos de AMLO? ¿Volver a un pasado que le ha sido injusto, que lo ha marginado a la mala? ¿Volver a un pasado en el que la actividad criminal ha dejado de ser moralmente reprochable para ser solamente ilegal?

¿Cuál es la propuesta de quienes se han dedicado a marginar intereses que les sean ajenos? ¿Proponen volver por las ollas de Egipto, que para colmo, en este caso, son ollas vacías?

Quienes solamente se han dedicado a defender sus intereses personales, ahora llaman a la sociedad para que defienda lo que ahora sí, “son instituciones de los mexicanos”. La sociedad ha sido expulsada de los espacios públicos, de las instituciones, y esa misma sociedad los abandona a su suerte y los trata con desdén. Esas pequeñas élites que se lamentan y lloran como plañideras lo que han asumido como propiedad privada, no merecen que la sociedad cierre filas en su defensa.

Numerosas instituciones han sido privatizadas. Amplios segmentos de lo público ha sido privatizado. Un ejemplo de esto lo tenemos en la Universidad Autónoma de Nayarit, que se convirtió en botín de pequeñas pero letales camarillas. Si el gobierno declarase su desaparición, el pueblo nayarita no va a salir en su defensa. Defender lo que era el más importante patrimonio de los nayaritas, ahora significa defender los privilegios de aquellos que han parcelado a la Universidad. No obstante, cumplir con el mandato constitucional es viable y necesario.

Quienes han privatizado las instituciones que la sociedad mexicana requería para construir su bienestar, no merecen respeto alguno. No merecen respeto porque han actuado criminalmente, de manera farisaica, ocultos tras los ropajes de la Constitución que han burlado y dejado burlar con su acción, omisión y su silencio, una y otra vez.

Se llama a razonar el voto para que este se traduzca en un voto contra el gobierno de López Obrador, pues el presidente, según esa perspectiva, es enemigo de las instituciones. Partamos de ese supuesto: López Obrador es un peligro-enemigo de las instituciones: ¿habrá que protegerlas de López Obrador para mantenerlas en manos de quienes secuestraron las instituciones?

El voto puede ser racional o visceral. De esa manera, el voto puede ser una comedia para los que sienten, y una tragedia para los que piensan. Tragedia para los que piensan dado que si un elector le da la espalda a uno de los actores, debe darle cara a uno de esos actores de los que ha sido víctima. El voto es una comedia para los que sienten, porque la falta de seriedad se manifiesta una y otra vez, hasta el grado de que la solemnidad en la defensa de las instituciones, desata la más vomitiva hilaridad.

Es conocida en la región, aquella historia de un asesino a sueldo. Se dice que este acuchillador a sueldo, solía orillar a sus víctimas presionando su cuchillo contra las personas, hasta tenerlas contra la pared. Entonces, se dice, proponía una mortal disyuntiva con la siguiente frase: “Quiubo, mi amigo, ¿te recargas o me recargo?”

En el mejor de los casos, parece que los ciudadanos están frente a una fatal disyuntiva. El ciudadano puede apostar por un retorno al pasado, con la promesa de las ollas de Egipto saqueadas, vaciadas de todo su contenido. La otra ruta puede significar un futuro incierto, un futuro que realmente no ha tenido las mejores condiciones para su realización.

La defensa de la institucionalidad realmente existente, es la defensa de una partidocracia que ha hecho de la democracia el gobierno por el pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo. Para unos el pueblo es sabio, y para otros, el pueblo es soberanamente ignaro.

Creo que una vez más, el pueblo no se equivoca. Lo que pasa es que al pueblo lo ponen entre la espada y la pared. No obstante, de lo que no cabe duda es que el pasado es probadamente endogámico, excluyente, corrupto y olímpicamente prevaricador.

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