Opinión

¿El fracaso del gobierno esbelto?

Por Javier Rosiles Salas

Octubre 19, 2021 | 10-19 am

El primer gobierno de izquierda en México optó por un modelo de gobierno de derecha. Entre las opciones y variantes disponibles o esperables para un grupo político ubicado a la izquierda del espectro ideológico, encabezado por el presidente Andrés Manuel López Obrador y que se hizo del poder de manera contundente en 2018, la opción elegida fue la conservadora.

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En el Proyecto de Nación 2018-2024, presentado como conjunto de promesas de campaña, se plantea alcanzar un “gobierno esbelto”, es decir, “reducir el tamaño de la administración pública federal sin sacrificar la calidad del gobierno”. Resulta interesante leer, en la página 53, para ser más precisos, que esta aspiración no tiene que ver sólo con reducir el costo del gobierno, sino que se asegura que de esa manera se detectará más fácilmente la corrupción.

 

La base del modelo de “gobierno esbelto” puede encontrarse en el Centre for Policy Studies, un think tank que se define a sí mismo como “el principal grupo de expertos de centro-derecha de Gran Bretaña. Su misión es desarrollar una nueva generación de pensamiento conservador, construido alrededor de la promoción de la empresa, la propiedad y la prosperidad”.

 

En el Proyecto de Nación se hace referencia a un documento publicado por el mencionado Centro y escrito por Keith Marsden (2008) en el que se comparan 10 países que, de acuerdo con el autor, poseen gobiernos esbeltos, y entre los que se encuentran Estados Unidos, Canadá y Corea del Sur, frente a otras 10 naciones con gobiernos grandes, obesos o pesados, como es el caso de Reino Unido, Francia e Italia.

 

Para Marsden, los gobiernos esbeltos han disfrutado de tasas de crecimiento más altas, han creado más nuevos empleos y tienen una deuda pública más baja que los países con gobiernos más grandes, esto pese a que los primeros redujeron impuestos y gastos. El autor también enfatiza en un aspecto: contrario a lo que pudiera pensarse, han sido los gobiernos esbeltos los que han podido incrementar en mayor medida el financiamiento de servicios públicos y han gastado más en el orden público y defensa.

 

En el Proyecto de Nación, publicado en 2017, no hay duda de la pretensión: “se propone adoptar la metodología empresarial que en otros países ha sido llevada al sector público bajo el nombre de gobierno esbelto, y cuyo rasgo distintivo es haciendo más con menos”.

 

¿Qué tanto este modelo empresarial de derecha resulta útil para enfrentar una pandemia de la magnitud que afecta hoy, de manera directa o indirecta, a millones de personas en México? Qué tan útil resulta por lo menos en las condiciones reales del país: habrá que evaluar si somos comparables con Francia o Italia y si aspiramos a –o nuestras condiciones nos dan para-- convertirnos en Estados Unidos o Canadá.

 

Un nivel extremo de esbeltez en tiempos de crisis pudiera significar escasez, ausencia, insuficiencia o incapacidad. No resulta aventurado decir que ni la corrupción se ha terminado ni que falta todavía mucho por hacer para lograr que las acciones de la administración pública puedan tener un estándar razonable de calidad.

 

¿Será que el modelo de gobierno esbelto fracasó en medio de la pandemia? Los problemas que se enfrentan hoy, y cuyos efectos permanecerán por algunos años, han resultado demasiado gordos para una administración pública que luce por momentos superada y abandonada, pese a los loables esfuerzos que realiza, especialmente en el ámbito de la salud.

 

Nadie puede estar en contra de terminar con la corrupción o con lograr un gobierno que no desperdicie recursos. No se debe regatear ningún apoyo en esa cruzada iniciada por el presidente. El asunto es que hasta ahora ni el modelo ni las medidas que se han tomado parecen resolver estos lastres; vaya, ni siquiera disminuirlos.

 

Probablemente no se trate de un tema de cantidad, sino de calidad y confianza. El presidente López Obrador no confía en la administración pública federal, de la que él es el responsable y sobre cuyo funcionamiento debe rendir cuentas por mandato constitucional. Dos acciones dan cuenta de ello: la carga de responsabilidades que ha puesto sobre los hombros de las Fuerzas Armadas y la creación de una estructura paralela conocida como los Servidores de la Nación.

 

Se ha referido a la administración pública como un “toro viejo, reumático, mañoso, corrupto, echado y que hay que pararlo”. Este diagnóstico lo hacía justo a finales de febrero de 2020, al filo del agua, previo a la pandemia. Semanas después se empezaría a requerir, como nunca, la mejor versión de esa administración.

 

Las razones del presidente para criticar a la administración pública federal que ahora encabeza pueden ser válidas. Pero hoy es urgente que sea capaz de ponerla a punto. Quién sabe si eso se pueda lograr con base en austeridad o ejercicios de adelgazamiento, como lo tenía previsto.

 

*Este texto fue publicado originalmente el día 10 de febrero de 2021 en Expansión (https://bit.ly/3BPC3C9). Se reproduce con autorización del medio y del autor.

  

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