Opinión

Necesario hacer todo de manera diferente

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LA LEALTAD, STIFTER Y LA MEDIOCRIDAD.

Uno imagina la burocracia como un interminable océano de escritorios. Una inmensidad poblada de personas realizando tareas repetitivas, máquinas de movimiento perpetuo, pero improductivas. Solemos tener la idea de que esas tareas son inservibles y que esas personas que las realizan, son inútiles y prescindibles. Esa burocracia, no obstante, es una necesaria realidad presente en la esfera pública y en la privada.

La era que nos ha tocado vivir, nos muestra que esa burocracia es una máquina que realiza tareas monótonas y aparentemente inútiles. Son diversas concepciones que se pueden tener de ella. Esa es la razón por la que la idea del burocratismo movió la potencia intelectual de figuras como el Ché Guevara (“Contra el burocratismo”, 1963) y Lenin (“Carta a P. A. Bogdánov”, 1928), además de otros personajes como Albert Gore (“Un gobierno más eficiente y menos costoso”, 1993) y Max Weber (“¿Qué es la burocracia?”, 1919). El análisis del fenómeno burocrático tiene de todo, menos ser burocrático. No todos los pensadores razonan igual al respecto, no todo mundo supone que la burocracia es una máquina inservible que realiza una labor repetitiva.

Generalmente se sataniza o se beatifica la idea de la burocracia, pero en el siglo XIX apareció una propuesta salomónica. En las páginas de la revista «Vuelta», hace poco más de un par de décadas, se publicaba un ensayo de Milan Kundera versando en torno al tema de la burocracia. El título dejaba poco margen para la imaginación: «Stifter, Kafka, la burocracia. Descripción existencial de un mundo moderno». Obligadamente, Kundera debía mencionar a Kafka, si trataba sobre la burocracia.

En esas páginas Kundera se refería a esa burocracia en las palabras de Stifter. Este se refiere a la burocracia como un sistema que permite colocar a los mejores o a los peores en los cargos relevantes, sin que la administración resulte afectada. Es la mediocridad institucionalizada y que se alimenta de endogamia.

En alguna ocasión, en el círculo familiar se me decía: “Puede ser que los imbéciles asuman las riendas de la Administración, pero por su propia incapacidad, dada su ineptitud, no van a pasar a la historia”. ¡Qué ingenuidad! Mi respuesta fue inmediata, fluida, festiva y muy natural: «¡Eso no les importa ni una miserable pelusa de otoño; lo que los idiotas quieren es dinero y ser “importantes”, reconocidos por la sociedad!: la historia no les quita el sueño”». Sin duda, los mediocres logran amasar fortunas y famas. No obstante, el reconocimiento social que trasciende la historia, eso les es negado. Pero insisto: eso les tiene sin cuidado. Ni siquiera saben lo que es eso y los que lo saben, en su arrogancia, creen que engañan a todo mundo.

El sistema endogámico que opera en el país, afecta de manera sobresaliente al espacio público. Lo privado es reino absoluto, aunque lo público posee mayor potencial destructivo. Lo que vemos una y otra vez, como modus operandi de tirios y troyanos, de liberales y conservadores, de Montescos y Capuletos, es el premio a la imbecilidad asociada a la lealtad absoluta.

¿Qué es esa lealtad absoluta? Es un sistema endogámico que privilegia la lealtad de perro; eso es la lealtad absoluta. Lealtad absoluta, entendida como vocación de imbéciles y convenencieros o las dos cosas.

En la biografía que elaboré en torno a la figura de Liberato Montenegro Villa («Nací en La Mazata: recorrido biográfico de Liberato Montenegro Villa»), relato los términos de una divertida conversación en la que salió a relucir el tema de la lealtad. La reproduzco: «En aquella ocasión, dado que recientemente se había realizado el proceso para elegir al nuevo dirigente del “magisterio federal”, el profesor me preguntó: ‘Maestro Acero, ¿cómo ves al nuevo dirigente de la Sección XX? — La réplica fue sencilla: “Maestro: espero que no le incomode mi respuesta, pero le aseguro que con esa elección se confirma el dicho de que usted aplica la regla del 90-10”. – Naturalmente, el Maestro replicó sonriendo en espera de una respuesta nada melosa: --¿De qué regla me hablas, Acero?: “Maestro –le respondí–, me refiero a esa regla que dicen que usted aplica, asegurando un 90 por ciento de lealtad y un diez por ciento de inteligencia. Por eso, Maestro, le aseguro que con este no le va a fallar en cuanto a la lealtad, pues no puede ser sino absolutamente leal”».

Yo creo absolutamente en la lealtad, pero no en la lealtad absoluta. La lealtad no prospera en las mentes vacías, en ceberos absolutamente desocupados, ornamentales, de elevado precio. A eso me refería en mi respuesta al Maestro Liberato: el tiempo confirmó mi dicho, pues el tamaño del puñal que le clavó aquél líder “absolutamente leal”, fue de proporciones inimaginables. El estúpido traiciona, clava puñales por la espalda, porque no se la piensa y cuando lo hace, lo hace al modo definido por Alí Chumacero (“No es cierto que los pendejos no piensan: si piensan, pero piensan puras pendejadas”, sostenía el erudito Maestro de Acaponeta). Creo firmemente que un imbécil es traidor por naturaleza, porque no piensa: una persona que piensa no puede ser traidora, pues piensa una y otra vez y sabe observar más allá de sus narices.

Lo que se suele observar en los revueltos caldos de la corte, son ríos de ambición desmedida, enfermiza. Una de las señales que delatan a los malos ministros, es la adulación, un grotesco culto a la personalidad. Otra de esas señales es el comportamiento bufonesco, para alegrar el día del príncipe y para congraciarse con él. Eso es lo que da al traste con las mejores intenciones de los utopistas.

¿Por qué la utopía en la Administración no deviene en distopía, si cae en las manos de los menos aptos, o incluso si resulta presa de los más ineptos? La respuesta está en los milagros que hace la burocracia, esa máquina que tiene vida propia, que hace andar a la Administración. Esa burocracia, está visto, mueve la bestia de la Administración, hasta en aquellos casos en los que resulta acéfala. Liderazgo es la clave.

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