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Opinión

Tres años y un Opus postumum

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El próximo lunes 02 de agosto, se cumplirán tres años de la pascua —la más precisa denominación cristiana para la muerte— de mi hermano Manuel.

Tres años de una muerte inesperada [cuando partió por enésima vez a tierras europeas con el firme propósito de conocer Irlanda]; de una muerte en un modo inconscientemente deseado [de viaje, por tierras británicas y rápida, sin enfermedad alguna prolongada de por medio]; una muerte muy de “Olimón varón” [a los setenta años de edad, como mi papá y mis hermanos Olimón Güereña —Fernando, Jorge y Carlos—]; una muerte acaecida, apenas unos días después de haber puesto el punto final a su Opus Magnum, a su Historia de la Iglesia en México: desde la primera evangelización hasta nuestros días que meses después sería publicada por Editorial San Pablo.

Como una especie de homenaje, mis palabras de hoy se referirán a ese Opus magnum que acabó siendo su Opus postumum, tratando de encontrar en ellas el perfil del lector y profesor de historia, del historiador y protagonista de la historia, del creyente que fue Manuel, esperando alcanzar un objetivo ambicioso en unas pocas palabras.

En el prólogo —datado por cierto con una fecha de inicio 8 de diciembre de 2016 y con otra de final 29 de junio de 2018 [apenas 33 días antes de su muerte]— se puede ubicar la configuración trivalente de sus relaciones con la historia: como lector, como profesor y como investigador:

“Lo que he podido integrar aquí es, en realidad, el testimonio de un lector, y puedo sin dificultad decir, de un ávido lector que, en algunos períodos, suficientemente largos, se ha convertido en profesor de historia e investigador de temas históricos”.

De esa cita, ha nacido la idea de estas palabras.

Independientemente de la división del Opus en Libros [7] y Capítulos [57], a partir de una lectura atenta, se pueden descubrir en él dos partes perfectamente delimitadas: la primera que comienza con la primer evangelización y la segunda que comienza en el Libro IV, denominado La Iglesia y los Gobiernos Mexicanos por caminos pedregosos, una denominación que bien pudiera abarcar los tres siglos posteriores a la Independencia, dicho sea de paso, uno de los acontecimientos que Manuel reconoce, junto con “la caída de Constantinopla” y “el descubrimiento de América”, como las más nítidas y persistentes marcas de fines o principios de épocas históricas.

Ahora bien, derivada no solo de una lectura atenta —cercana a la lectura rumiante que propone Nietzsche en su Zaratustra— sino de un proceso interpretativo, tan propio de seres humanos, en los primeros tres Libros parece predominar el lector y profesor de historia que, con el rigor de un historiador y con la belleza de un literato, comparte el fruto del “infinito número de lecturas realizadas durante más de sesenta años”. El propio Manuel, da pie a esta interpretación, cuando afirma: “Lo referente a etapas anteriores [a los siglos XIX y XX] depende del acervo que cronistas e historiadores han formado, que me permite servir de antologista de tantos esfuerzos previos”.

En esa Primera Parte de su Opus, la “pluma ágil” de Manuel —el lector y profesor de historia— nos permite transitar por los caminos de la “conquista espiritual”, por la rica “geografía mariana”, por el caudal infinito de belleza de los bienes culturales de la Iglesia Virreinal”, hasta llegar a “la afirmación de lo propio” o a la “conciencia de mexicanidad” en la que la Guadalupana ocupa un lugar primordial.

En la segunda parte, en cambio, el lector y profesor de historia se transforma en investigador e, incluso, en protagonista, en esos caminos pedregosos de las relaciones Iglesia-Estado.

Nuevamente aquí, el propio Manuel da pie a esta interpretación cuando escribe: “Buena parte de lo que hará referencia a los siglos XIX y XX--y un poco del XXI--es resultado de investigaciones propias hechas a lo largo de algunos años en archivos y bibliotecas”, y cuando ofrece el siguiente testimonio de su incorporación a la comisión mixta creada en vistas a la reforma del artículo 130 constitucional: “El 22 de septiembre don Adolfo Suárez me invitó a entrar de lleno al cauce que corría. Me dijo: "[...] El presidente Salinas ha pensado que sea el PRI el que presente a su debido tiempo la iniciativa para la reforma de los artículos relacionados con la Iglesia y la religión. […] El licenciado Colosio ya habló con nosotros y quiere que se trabaje en algo así como una 'comisión mixta', aunque no de carácter oficial. Ya hablé con 'Don Giro' [sic: Prigione] y con el Consejo de la Presidencia y nos parece que, si aceptas, entres a formar parte de ese equipo”.

En esa parte, encontraremos, entre otras muchas cosas, los frutos de su investigación para obtener el doctorado, en torno al “Incipiente Liberalismo de Estado en México” y de la amplia investigación realizada en torno al Conflicto Religioso entre los años 1926 y 1938 y diversos testimonios de los intríngulis de las negociaciones que desembocaron en la reforma constitucional al artículo 130 y su convicción de que la Iglesia [siempre en singular] nunca ha gozado de la plena libertad a la que tiene derecho.

Finalmente, el Manuel creyente, la fuente más profunda de su Opus y de su ser…

Desde las palabras finales del prólogo: “levanto el corazón al Padre dador de todo bien y presento esta ofrenda filial con gozo agradecido al futuro de la Iglesia en México, este pueblo que peregrina ‘entre los consuelos de Dios y las tribulaciones de este mundo’".

Y, desde las palabras finales de su Opus Postumum: “Vislumbro un deber que brota de nuestra fe, de nuestro horizonte de sentido: apuntarnos a edificar el futuro, dejando de lado la construcción de “laberintos de soledad”. Levanto el corazón y la vista; me encuentro con “esos tus ojos misericordiosos” [illos tuos misericordes oculos]: “alguien me deletrea” …

Y, en efecto, así fue. Apenas unos días después de poner ese punto final, Quien le deletreaba, puso punto final a su vida y ¡le miró, con sus “ojos misericordiosos!

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