Opinión

La pasión del hartista

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Soy escritora. “Una artista de la palabra”; o al menos es lo que dicen las personas que han llegado a leerme. Es lo que dicen también los premios y las becas, ese sistema tan engañoso que valida a los creadores a partir de los concursos, como un cencerro que es colocado a quien los gana y va anunciando alrededor el nuevo reconocimiento.

Les decía que soy una artista, que vive en una ciudad como la nuestra. Un Tepic cuyas librerías podría contar con los dedos de una mano. Un Tepic con centros culturales limitados. Un Tepic que tiene que esperar a cuentagotas festivales y exposiciones para tener acceso al arte de manera gratuita y como un bien público.

Mis compañeros y yo nos hemos formado empíricamente, y empíricamente hemos llegado a ciertos lugares para posicionar nuestra obra. Cuando llega el momento del triunfo, son también las autoridades quienes se cuelgan el mérito; esa burocracia que solamente está para llenar formas y papeles, pero nunca para agendar un curso o un seminario, ni pensar en una licenciatura en letras.

Soy una escritora y he dejado mi labor creativa, por momentos, porque no hay en la nómina un puesto que diga: poeta / páguese por x cantidad de pesos mensuales.

No trato de buscarle el sentido utilitario a las cosas. En realidad, no encontraría un lugar donde el arte sea una forma de producción dentro de este sistema económico. Lo anterior sería como imaginarme en la caja del supermercado, atendiendo largas filas y devolviendo el cambio a los clientes: Tenga, son quince pesos y un endecasílabo; le deseo buen día.

Quizá es por esto que, para poder lograr un poco de retribución por lo que hacemos, las convocatorias federales (porque de las estatales ni hablamos y la extinción del PECDA es otro tema), deben tener un llenado especial, una serie de formas que hay que escribir cuidadosamente. Te piden la carta de residencia, la exposición de motivos, la fotografía de perfil, el cronograma de actividades, el presupuesto del proyecto, la carta de no antecedentes, el libro terminado, la firma del Sumo Pontífice, etcétera; pese a esto, anualmente los buzones de las plataformas del FONCA se llenan de personas que buscan materializar sus sentidos creativos.

De los premios tampoco hablamos, certámenes nacionales con extensiones mínimas de ochenta cuartillas, un triplicado de juegos que deben ser enviados a distintos puntos de la República y cuya inversión es de quinientos a setecientos pesos por intento, y es que… ¿Para qué usar un correo electrónico cuando podemos gastar toneladas de papel? ¿Cierto?

Pienso que al arte lo mueven la pasión y los creadores. Sin importar la cantidad de veces que se intente competir en una convocatoria, todo se olvida cuando sale nuestro nombre en el afiche de la entidad que organiza. Todo pasa cuando nos cuelgan el cencerro del triunfo y volvemos, de nuevo, al círculo vicioso.

 

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